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Vamos a pernoctar en un hiato entre una gran mole de condominios y una casona antigua, fósil de los tiempos de antes; a 150 metros del mar delante de nosotros y a 150 metros de la carretera detrás de nosotros; y lamentamos tener que completar la susodicha descripción de la costa, observando que si el mar otrora fue el gran rugidor y bramador de la comarca, ahora, desde el punto donde estamos, es sólo un calmante fondo sonoro para las hebras de nerviosismo que hila el rugido de la carretera; y de más cerca a la carretera, el mar ya no se oye en absoluto.

Hay que aclarar que el hiato entre edificios hacia el mar no se debe a bondad o a respeto de la naturaleza sino simplemente a un riacho que desemboca en el mar y sobre el cual no se puede construir.

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Esta mañana, presenciamos, con incredulidad, más deshonra infligida a la playa apretada entre el mar y los condominios. Apareció una topadora; y a aplanar cualquier irregularidad natural de la playa en algo que, a la vista, más parecía un piso de cemento que una playa de arena pero que, al pie, sin duda resulta más escurridizo e incómodo que la textura de arena al natural - lo sabemos porque fuimos a ver la cosa de cerca; y en la misma operación, la topadora, a sepultar y eliminar de la vista cualquier último vestigio de la bonanza de conchitas y piedritas que la marea tiene la bondad de depositar para delicias de mentes inquisitivas. Y apareció un hombre armado de un rastrillo; y a manicurar, mejor dicho arenicurar, cualquier grano de arena que no estuviese en su sitio. Qué barbaridad. ¿Por qué no le sugerimos que le pusiera un poco de desodorante para que no oliera a mar?

Y ahora, nosotros, a dejar estos magníficos dueños - en su mayoría, si no todos, extranjeros - de costosísimos condominios, disfrutando del zumbido de la carretera, verdaderamente increíble - camión tras camión, coche tras coche, autobús tras autobús. Y adelante hacia Málaga; mejor dicho más allá de Málaga, cerca de Granada; hacia un sitio del cual no sabemos si tiene existencia ya sólo histórica o todavía física, de nombre Santa Fe, donde finalmente los Reyes y Colón firmaron el acuerdo que llevó al famosísimo primer viaje de éste allende el Atlántico - hacia dónde, como meta propuesta, no está muy claro, según vimos en su oportunidad.

Málaga. Pequeña versión de Los Angeles de Alta California, por lo menos durante nuestra travesía. Sierras penosamente áridas. Aire contaminado. ¿Será por la misma razón: entre mar y sierras?

Santa Fe.

Bueno; aquí, temíamos encontrar un fósil histórico, una placa conmemorativa en >>>>>>>>