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Francia, y contra robos en barrios árabes y negros. Cuando la gente se enteraba de que habíamos pernoctado en una tal área de descanso, se horrorizaba.

Y más sorprendidos nos quedamos cuando comentamos a otras gentes nuestra extrañeza por los dentistas, médicos, vándalos y delincuentes, y nuestros interlocutores, para nuestro asombro, no se extrañaban. "Así son las cosas" nos confirmaban.

Dentistas buenos tiene que haber. Pero no estamos en posición de experimentar. Nos quedamos sin dentista. Felizmente, el trabajo, medio dificultoso, de Bogotá todavía está perfecto.

Mañana, será hacia las aventuras americanas de Francia desde la Pequeña Bretaña; pasando, primero, por el país de los Hombres-del-Norte, o sea por otro encuentro con los Vikingos, o sea por Normandía.

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Primera noche después de París; y no muy lejos; el precio de no haber podido salir sino ya de tardecita. Con las advertencias recibidas, vamos a seguir la voz de la prudencia y pernoctar lejos de la ruta, en medio de los campos, donde una huella de barro termina en nada.

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Noche perfecta. Decidimos quedarnos aquí hasta terminar con el recurrente atraso en quehaceres de casa y de escritorio.

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Cuarta mañana en el mismo sitio.

Casi por irnos, sorpresa: se apersonó - por fin - el dueño de todos estos campos, a satisfacer su curiosidad, como bien era natural; en realidad, es sorprendente que no se haya manifestado antes. Claro, en Vespuccia, hubiese mandado la policía. No aquí. Muy benévolo. Incluso empezó inquiriendo civilmente si hablábamos francés. Es curioso, después de nuestras primeras experiencias europeas que ya se van acumulando, ver dibujándose la imagen de Vespuccia como siendo y quedando el único país, entre tantos que conocimos, donde es positivamente desagradable viajar, por la agresiva insociabilidad, o estrechez mental, o lo que sea, de la gente.