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Manzanas tras manzanas tras manzanas, como campo de batalla. No como después de un bombardeo, porque las estructuras de los edificios - tanto de las casas de planta baja solamente como de los grandes monobloques de doce pisos, de centenares de departamentos - quedan íntegras. Más bien como después de un combate calle por calle, casa por casa, piso por piso, con centenares de ventanas destrozadas. Todas las aperturas en planta baja - ventanas, puertas, vidrieras - ya sea, tapadas precariamente con madera terciada o amuralladas. Sólo algunos pocos negocitos y viviendas quedan.

Y alguna gente anda por la calle; pero otra tanta, o más, queda vacíamente parada - nos preguntamos si por falta de trabajo o por falta de ganas de trabajar.

Tenemos una instantánea retrovisión de toda aquella gente haciendo nada que vimos en tantos lugares en otros países, y se nos impone la comparación, más bien el contraste, entre aquella gente, en conversación evidentemente continua, y, para ella, substancial e importante, con serenidad en las caras, y sonrisa, si no explícita por lo menos implícita, en cada cosa dicha, y esta gente aquí, comunicando taciturnamente, con largos silencios, y, en general, como almas en pena. Nos interesaría escuchar la explicación de un psicólogo - nosotros, sólo observamos; no sabemos explicar.

Increíble. Casas, bajas y altas, perfectamente sólidas y habitables, hechas inhabitables por el vandalismo de sus propios moradores, por la desintegración de muchas capas de esta sociedad, algunas capas, en particular. En la megalópolis neoyorquina.

Nuestra atención fue desviada temporariamente del cataclísmico vandalismo por algo que debe de ser una maniobra maestra en el manejo de automotores: un choque en cadena de tres coches ... en marcha atrás.

Un coche, en inexplicable marcha atrás, a punto de chocar un coche detrás de él; este coche (sin hacer lo obvio que hubiese sido tocar la bocina como advertencia), en ágil marcha atrás en un esfuerzo para evitar el coche Número Uno, a punto de chocar un tercer coche, atrás; el tercer coche (sin hacer lo obvio que hubiese sido tocar la bocina como advertencia), detuviendo su marcha para evitar ser chocado por Número Dos. Resultado: coche Número Dos chocando contra Número Tres y coche Número Uno chocando, aun así, contra Número Dos en el medio.

Nos preguntamos con más escepticismo aún cómo puede haber una iglesia de tan magníficas características como mentado, por aquí.

Pues sí, aquí está la iglesia. Una verdadera y auténtica catedral, del más tradicional corte, con todos los artísticos detalles debidos a su rango, incluyendo monumentales rosetones.

Las preguntas son varias.