español english français česky

268 kilómetros de Asunción. Por cuarta vez, recién vimos un rebaño totalmente incomprensible en esta tierra de calor: ovejas.

Acabamos de cruzar el círculo tropal del Sagitario, lo que todo el mundo sigue llamando el trópico de Capricornio. Otra vez, una línea tropal. A pesar de que estamos en los barítropos, en contraste con los frígidos acrótropos arriba en los Andes, no hace mucho calor; templado no más. Es que estamos en una ola de frío, la ambitura mínima de esta madrugada fue de un "terrible" 9 grados sobre cero.

Alcanzamos Pozo Colorado, algo que, en el mapa, figura como pueblo pero que, en la realidad, es un puesto militar y una estación de nafta; un puesto militar donde acabamos de tener nuestro tercer control militar chaqueño en menos de 300 kilómetros, con detallada anotación de la documentación.

En la otra parte del Paraguay, al este del río homónimo, no encontramos un solo control; pero quizás se pueda entenderlos aquí, en esta carretera apuntando solitariamente por una vasta región librada, por otra parte, prácticamente a sí misma y, por colmo, enclavada, en 80/oo de su perímetro, en una pinza formada por tres países extranjeros no exactamente amigos entrañables del Paraguay; uno, un expansionista inveterado, otro, que, seguramente, no se olvida de que este Chaco, a su criterio, tendría que ser de él, el tercero, un arrebatador oportunista de tierras que en otros tiempos eran paraguayas, y los tres, antiguos enemigos en cruentas guerras con Paraguay.

Desde Pozo Colorado, cambió substancialmente el panorama; si bien sigue la interminable llanura, sólo un recuerdo dejaron las palmeras, y los bañados y esteros tapizados de una verdeante vegetación acuática; en su vez, apareció un terreno más seco y se establecieron arbustos y árboles espinosos.

Desde hace 100 kilómetros, o más, estamos debatiendo si la carretera tiene una imperceptible tendencia a subir; pero todavía no sabríamos decidirnos.

Está por anochecer; nos estacionamos en uno de los pocos lugares accesibles al lado de la carretera en terraplén.

Hay mosquitos y son, sin duda, hambrientos; pero nosotros, veteranos de las guerras mosquiteras de Canadá, ya tomamos las medidas pertinentes.

Incluso, en la seguridad de nuestro capullo, prendimos la radio para recorrer las ondas. Pero nada recorrimos porque el primer sonido que surgió aquí, a 100 kilómetros a vuelo de pájaro de Filadelfia, la capital de las colonias mennonitas adonde nos dirigimos, fue la radio mennonita. Nosotros, quienes aprovechamos cualquier oportunidad para acostumbrar nuestros oídos al portugués que nos espera en el Brasil, ahora tuvimos que escuchar las noticias en alemán.