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eucaliptos y de pinos; aquí, no se ve palmas; sí, hay plantaciones de citros.

Ah, sí, hace un rato, en la ciudad fronteriza de Concordia, tuvimos una entrevista con un diario local.

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Esta mañana, ya al poco de echar a andar, cambió algo la composición ambiental, con la aparición de pastajes naturales, a veces salpicados de arbustos espinosos, probablemente restos de matorrales desmontados.

Estamos todavía en la Mesopotamia pero ya pasamos de la provincia de Entre Ríos a la de Corrientes - ambos nombres, muy apropiados; y, a nuestra derecha, terminó Uruguay y empezó el Brasil.

Se nota que estamos comiendo kilómetros hacia el norte: la ambitura se está volviendo más cálida, la humedad, más notable, a pesar de estar ya por terminar el otoño; y en los campos, se empieza a ver cebúes con cierta frecuencia.

Estos campos deben de cobijar bastante garrapata a juzgar por los grandes carteles ofreciendo garrapaticidas.

Recién, nos detuvimos para observar de cerca un tipo de nido que ya habíamos visto muchas veces, inclusive en la zona de Buenos Aires, pero que nunca habíamos podido observar tan de cerca.

Resulta que este tipo de nido, sus albañiles y dueños lo construyen en lo más alto disponible. En esta zona donde viajamos, lo más alto disponible es las puntas de los postes de los alambrados, por ello, justo a nuestra altura de observación, mientras que en otras zonas, donde ya llegó la electrificación rural, hasta los pájaros se aprovechan de la situación y construyen su fortín en lo más alto, o sea en las puntas de los postes de electricidad.

Lo curioso de estos nidos es que sus constructores deben de ser albañiles y medio-arquitectos no menos que sus vecinos humanos construyendo sus chozas, por lo siguiente.


El tal nido

Un tal nido no es alguna variación de la habitual cuenca de ramitas, abierta a todas las temperies e intemperies, donde las pájaras depositan sus huevos, sino una sólida esfera hueca de espesas paredes de barro reforzado con pajitas, extraordinariamente dura, con sólo una angosta entrada lateral; y no una entrada simple como una ranura directamente hacia el interior sino una entrada astuta, en arco, algo, en realidad, como de una concha de caracol colocada sobre su costado, salvo que mucho más estrecha, una entrada tan astuta e infranqueable, o quizás más astuta e infranqueable que la entrada al recinto de Cuélap.