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Esto último, nosotros mismos lo sufrimos. Quisimos rellenar nuestra reserva de agua, y tuvimos que ir buscándola. No la hay en todas partes. El acueducto, justamente ahora, está descompuesto, algunos tanques de reserva ya están vacíos, sólo algunos todavía tienen un poco de agua.

Y ahora, a la salida de Comodoro Rivadavia hacia el norte: bombas y bombas; bombeando como monstruos antediluvianos esclavizados.

Ya más allá de la zona petrolera y de sus necesarios anexos industriales. El anochecer nos advierte: a buscar un dormitorio.

No habrá silencio y soledad esta noche, habrá asfalto y tráfico a pocos metros de nosotros. Por lo menos, de ambos lados de la carretera, hay un nuevo agregado a la vegetación: cardos, muchos cardos, y grandes, que llenan el aire de un agradabilísimo perfume.

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Esta mañana, quizás por el cambio de ambiente que se va insinuando desde dos o tres días atrás - con la industria petrolera de ayer tal vez, pero mayormente el cambio cada vez más pronunciado en la composición del tráfico, con cada vez más cochecitos de los burgueses, para, y con, gente bien vestida, incluyendo algunos cochecitos recargados de prole por dentro y de bolsas y bolsones sobre el techo, de algunos vacacionistas aventurándose hasta por aquí - se nos impuso la realidad de que se nos está por terminar, mejor dicho ya se nos ha terminado en la práctica, nuestro larguísimo periplo por esta Patagonia, algo legendaria, por esta región que, para nosotros, quedará como soledad, viento; viento, soledad.

Mientras tanto, estamos viajando hacia el norte sin novedades salvo que no decidimos todavía si vamos a seguir por la carretera principal, asfaltada, o desviar por un camino de ripio, hacia el puerto de Camarones, y luego seguir a lo largo de la costa hasta retomar la carretera principal.

Con tan pocas novedades, que la cabeza - libre, por una vez, de los múltiples influjos que, habitualmente, la ocupan, y, a veces, sobrecargan - tiene la opción y posibilidad de recuperar del subconsciente observaciones hechas pero no asimiladas.

Una tal observación es que, mientras las placas de vehículos en ciertos países indican, a más del número del vehículo, el país; y mientras, en otros países, indican, a más del número, no sólo el país sino también "Centro América"; aquí, en la Argentina, las placas de los vehículos son totalmente crípticas, misteriosas, anónimas. Nada de país, y, naturalmente, menos de área continental.  Sólo el número del vehículo, y un código de letras identificando >>>>>>>>