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A alguien se le ocurrió la teóricamente muy plausible idea de que, si se hiciese un acceso más fácil y se brindase unas comodidades cerca del yacimiento, se fomentaría un movimiento de interesados con resultados benéficos culturales y quizás también pecuniarios.

Así, se construyó el camino de acceso de 44 kilómetros que recorrimos para llegar al lado correcto del cañadón, prácticamente a metros del principio de las pinturas; y se escarbó un pedazo de ladera para hacer una explanada, con estacionamiento de vehículos, una casita para servir de confitería, incluyendo luz eléctrica, y tres fogones afuera para asados; y se agregó dos escalinatas con sus muros de retención llevando al sendero de las pinturas.

Muy plausible; muchas veces se logró desencadenar una actividad con tales medidas. Pero aquí no hay nadie. Nosotros, solos. Todo está cerrado, medio en ruinas, a pesar de que, por lo visto, nunca fue terminado. Y la factura de lo hecho es deplorable.  Nos preguntamos muchos por qués.

Por qué no se hizo, primero, un estudio de factibilidad fiable que hubiese concluido que el notable esfuerzo de trazar 44 kilómetros de camino de acceso por un páramo totalmente desolado, saliendo de una ruta tan desolada que nosotros no vimos un solo vehículo salvo el nuestro, no sería suficiente para cambiar la realidad, a saber que estas pinturas están muy fuera de cualquier lugar poblado del país y de la Tierra.

Por qué se hizo toda una confitería, que supone personal en el lugar, que presupone un mínimo de movimiento, para unas visitas demasiado hipotéticas, en vez de construir primero un simple refugio para protección y acaso algún simple refresco de los hipotéticos nuevos interesados, y dejar el compromiso de una confitería con todas sus amenidades para luego, cuando se comprobase el éxito del plan básico.

Por qué se gastó dinero en una instalación eléctrica que no hacía falta de inmediato, ya que se supone que es un lugar de visitas diurnas; y, por colmo, sin terminación adecuada, sin artefactos eléctricos, con sólo los cables colgando y sin bombillas, creando más depresión que lujo, cuando unas velas para casos de emergencia serían el verdadero lujo, a juzgar por los restaurantes de los lugares más distinguidos del planeta, donde la gente paga doble o triple de lo que la comida vale realmente sólo por el lujo de comerla todo a la media luz de las velas, según canta el tango.

Por qué se hizo fogones para asados en este sitio totalmente desprovisto de leña a centenares de leguas a la redonda.

Por qué se hizo estos fogones de bloques de cemento colocados de canto, que no podían no desmoronarse, como se desmoronaron.

Por qué se hizo dos escalinatas y sus muros de retención para llegar a un solo sendero, cuando una escalinata hubiese sido ampliamente suficiente, y por qué >>>>>>>>