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Pasamos la noche en un estado de semi-libertad, o sea no muy lejos del puesto fronterizo de policía pero sin contacto con él.

Hubo tormenta en debida forma durante la noche, y, esta mañana, al amanecer, seguía lloviendo, a veces copiosamente. La procesión de la Virgen de Copacabana - reina de la república de Bolivia, y otros títulos - va a necesitar un verdadero milagro para desarrollarse sin paraguas a las 12.

Mirando bien el mapa, esta península boliviana de Copacabana es una anomalía de geopolítica; se encuentra anexa no a la ribera boliviana sino a la ribera peruana del lago, sin conexión por tierra firme con el cuerpo del territorio boliviano; bien poderosas deben de haber sido las razones por qué los Peruanos dejaron esta península en manos bolivianas - una verdadera espina en el cuerpo peruano.

Así es que se encuentran en aguas bolivianas las islas Inticarca y Coati, o sea las islas del Sol y de la Luna, donde hay ruinas que, se dice, son incaicas, incluso que, se dice, son las más antiguas incaicas, incluso que, se dice, son del sitio original de la legendaria pareja que inició la raza incaica, incluso que, decimos nosotros por una fotografía que vimos, se prestan a que se les asigne la legenda, por su aspecto de morada más cavernícola que edificada pero con dos entradas puramente trapezoidales, realmente el embrión de cosas por venir.

Son pasadas las doce. El milagro de la Virgen de Copacabana ocurrió; a las 12 menos 10, hubo promesa de sol, y a las 12, había sol y la procesión tomó posesión de las calles, incluyendo la bendición de varios vehículos automotores - coches particulares, camiones, colectivos - todos, engalanados de guirnaldas, de flores naturales y artificiales, y de otras anexidades indispensables; todo ello, enmarcado por el mercantilismo de las artesanías locales.

La basílica de Copacabana, por fuera, se distingue por la forma del portal de entrada a su explanada y por los azulejos que cubren sus techos y domos; por dentro, no se distingue por nada. Más interesante que lo anterior es un recinto alargado y oscuro detrás de la basílica, llamado decorosamente la Capilla de las Velas, donde vimos docenas de indígenas quemando centenares de velas blancas en un ambiente más cercano a un ritual primitivo en la oscuridad de una cueva que a un ritual civilizado en un templo aprobado por la jerarquía.

Está anocheciendo. Pasamos la tarde en la plaza de la basílica, mirando la gente hacer sus cosas, y nosotros, trabajando.