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en esta selva: los turistas. Cuando vemos estas piraguas que más parecen un autobús para quince o dieciocho pasajeros que otra cosa, estamos inmensamente agradecidos de que pudimos subir y bajar la intimidad y el misterio de los arroyos de Panamá y de Colombia en nuestras piraguas particulares, cavadas auténticamente de un tronco de árbol. Recién ahora estamos viendo, y ciertamente apreciando a su justo valor, lo que tuvimos la suerte de vivir en nuestro cruce de la selva de Panamá a Colombia.

Aquí, los animales más curiosos para nosotros son los turistas. Está bien que nosotros somos de la misma clara estirpe como ellos; pero nosotros vemos el mundo, no nos vemos a nosotros; hace tanto tiempo que vemos solamente gente de tez, cabello y ojos oscuros, a más de rasgos no europeos - por ejemplo, aquí en Ecuador, el 80/oo de la población es paraborigen en todos los grados de pureza y meztizaje - que todos estos turistas de cabellos rubios, de ojos claros, de rasgos tan fuera de lugar aquí, son toda una novedad para nosotros. Nos podemos imaginar más fácilmente lo raro y exótico que debemos de parecer nosotros a los lugareños ya que así nos parecen los turistas a nosotros.

Lo más notable de Misahuallí para nosotros es su altitud: unos 400 metros; mejor dicho, la relación entre su altitud y su distancia del mar. No del océano Pacífico - no muy lejos al oeste de aquí, pero que, visto desde aquí, del otro lado de los Andes, podría muy bien no existir - sino del océano Atlántico, a algo de 4.000 kilómetros al este de aquí; porque es hacia el océano Atlántico que todas las aguas de aquí fluyen y fluyen. Es bastante abrumador, y hasta un poco difícil de concebir, un desnivel de solamente 400 ó 450 metros sobre una distancia de algo de 4.000 kilómetros hasta llegar a la desembocadura del río de las Amazonas.

Hubo un tiempo cuando estas aguas y muchas aguas de la cuenca amazónica fluían, más lógicamente, hacia el Pacífico, pero cuando se levantó la barrera de la cordillera de los Andes, no tuvieron otro remedio que cambiar de destino y empezar a labrarse una salida hacia el lejanísimo Atlántico.

Vamos a pasar la noche aquí, en la plazoleta, pero va a ser como si fuera en el descampado, porque hay un corte de electricidad, por lo que hay garantía de que no habrá luz en la plazoleta, y no habrá peligro de algún ruido de alta fidelidad perturbando la tranquilidad.

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Esta mañana, nos levantamos bien tempranito; para ver cuándo y cómo amanece la extraña raza de los turistas. Clareó un poco más temprano que en Quito; a las 5:30 en vez de las 6, ya había luz. A las 7:30 empezaron a aparecer los recios turistas.  Hablamos todavía con un par de ellos.