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laberinto enloquecedor de vueltas y curvas de los caminitos, o ausencia de caminitos, de montaña, y tratar de identificar nuevamente algo desde un punto de vista totalmente diferente.

Cuando el guaquero logró esta parte de la tarea, y cuando se encuentra en el sitio de las antiguas viviendas, tiene que tratar de encontrar el cementerio, el cual cementerio no está tan fácilmente a la vista. Los paraborígenes emplazaban sus cementerios preferentemente en un lugar más alto que sus viviendas, siempre que la estructura del terreno lo permitiese; y son estos lugares potenciales, más altos que las explanadas, que el guaquero explora primero; pero si el terreno no se prestaba, los indígenas emplazaban, naturalmente, sus cementerios en otro lugar, y, en este caso, la tarea del guaquero se vuelve más compleja.

También hay sitios, de concentraciones de ex-viviendas, y por lo tanto de cementerios, en los valles, pero estas concentraciones son mucho más difíciles de detectar. Y también ocurre que, aun en las laderas, haya sitios favorables al guaquerismo pero indetectables desde una distancia por encontrarse cubiertos de vegetación, ya sea natural o cultivada.

De hecho, uno de nuestros descubrimientos del día fue el íntimo entreverado entre los vestigios dejados por las generaciones pretéritas y la actividad cotidiana de hoy; parece que pocas son las parcelas de los pobladores de hoy que no tengan alguna guaca; ciertamente, no hay guaca que no se encuentre en la propiedad de algún poblador de hoy.

Que fue la razón, por qué el segundo capítulo de nuestro aprendizaje de guaquerismo no trató, como lo esperábamos, de cosas prácticas y llamativas, como ser la localización exacta de una guaca, y por qué, más bien, tuvimos que tragarnos, en este segundo capítulo, la legalística y la politiquería del guaquerismo - de todos modos, aspecto muy interesante.

Guaquear no es agarrar pala y pico dónde y cuándo a uno se antoje; siendo que, siempre, cualquier guaca se encuentra en un predio, que, siempre, de una forma u otra, tiene algún dueño, el primer paso de un guaquero - una vez que se satisfizo, por la vista y por sus deducciones, de que hay muerto y por ende algún botín, tal vez de cerámica o, quién sabe, de oro u otro tesoro - es pedir permiso al dueño y, lógicamente, llegar a algún acuerdo mutuo.

Así hizo, hoy, nuestro guaquero. Llegamos a Turminá. Como primera medida, fue a pedir permiso a la dueña del guaquerío - ya que, en un cementerio, donde hay una tumba, hay varias - con la seguridad de que era solamente una formalidad de buena educación, ya que la misma dueña le había dado permisos anteriormente.

Pero ahí mismo se intrometieron los villanos enojos cotidianos en el exótico y exaltado acontecer del guaquerismo: la dueña había fallecido, ahora había que tratar con una heredera; ah, pero tratar con una persona desconocida es una incógnita, y no se puede enfrentar sin un máximo de palanca.