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Observando nuestra experiencia agustiniana con un poco de retroceso - o sea, haciendo caso omiso de todo aquello almacenado en el Parque Arqueológico de San Agustín y que tendría que estar almacenado en algún galpón; más bien destacando, lo que vimos hoy, en este Alto de los Idolos y en aquel Alto de las Piedras, y la estatua pintada que vimos ayer en el Cerro de la Pelota, y lo bueno que hay en el Parque Arqueológico - en conjunto, es ésta una zona arqueológica muy interesante y con una dimensión humana inhabitual porque, en vez de reducirse a un recinto más o menos limitado como un museo, aunque fuera un museo al aire libre, se extiende sobre grandes distancias, tal como un pueblo realmente vive.

Estamos estacionados frente a la casa del celador del Alto de los Idolos, en un ambiente bucólico de lomas y valles, con una temperatura perfecta, con la agradable frescura del anochecer, todo sumido en un perfecto silencio que permite apreciar el canto de los grillos y de los pájaros durmiéndose; no es extraño que esta zona haya sido poblada, y densamente poblada, desde siglos y milenios atrás.

Mañana será un día de viajar de la mañana a la noche para llegar a nuestra próxima meta, Tierradentro, otro lugar arqueológico.

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Si supiéramos la onomatopeya para un suspiro de agotamiento, la extenderíamos sobre por lo menos dos metros de esta cinta de grabación y luego la escribiríamos sobre por lo menos media página, pero como no la conocemos, vamos a relatar, con lo poquísimo de fuerza que nos queda, el día de hoy.

Esta mañana, nos despertamos después de una cuarta deliciosa noche en la tranquilidad de la naturaleza; por contraste, nos dimos cuenta, después de estas cuatro últimas noches de libertad relativa, que, desde que estamos en Colombia, estamos como en una jaula: de día, los retenes camineros en cualquier lugar, en muchos lugares, en cualquier momento, como no creemos que podría ser peor en alguna de las denunciadas y afamadas dictaduras, y de noche, la obligación, no impuesta por las autoridades pero sí por las circunstancias, de enclaustrarse entre las dos paredes de una calle cerca de una estación de policía, con todas las limitaciones que ello supone.

Durante el desayuno, escuchamos un noticiario, con la esperanza de enterarnos de que el mundo está todavía vivo, porque hace una eternidad que no sabemos qué pasa dónde. Por nuestro esfuerzo, fuimos expuestos a diez minutos de noticias internacionales - deportivas - con un lujo de detalles técnicos y de comentarios filosóficos como no escuchamos, quién sabe desde cuándo y dónde, en las otras noticias, las noticias del destino de la humanidad; pero una >>>>>>>>