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el pronóstico del tiempo por radiofonía ordinaria, cosa mucho más vital en estas circunstancias que en ciudades; pero que sí, se pueda saber, y que sepamos, por radiofonía ordinaria, que, ayer en Moscú, había 17 grados, que, en Siberia, tienen una ola de calor, y que, por ella, tienen inundaciones peores que las primaverales habituales.

Aquí, esta mañana, nuestros termómetros indican, 6 grados adentro del vehículo, 1 grado, afuera; nuestro anemómetro indica vientos de hasta 30 kilómetros por hora; nuestros ojos ven un cielo nublado con tendencia a aclarar; y nuestro barómetro indica un muy leve aumento de presión, por lo que pronostica una mejoría en el tiempo. Esto fue la información suministrada por nuestra estación meteorológica, a las ocho de la mañana, a defecto de comunicaciones radiofónicas.

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Los primeros minutos del viaje de hoy satisficieron una curiosidad que teníamos: cuánto tiempo tardaríamos para llegar desde nuestra plataforma de estacionamiento hasta un punto de la carretera que habíamos detectado lejísimo en las montañas. Ahora sabemos; nos tardó 10 minutos y 20 segundos; mientras tanto, subimos un poco más, y estamos ahora a algo de 1.300/1.350 metros.

El mar atormentado de olas orográficas extendiéndose hacia todos los lados del horizonte nos parece realmente magnífico, hasta se podría decir único; hasta nos detuvimos un rato para impregnarnos mejor de la vista. La cinta gris de la carretera deslizándose por el relieve de estas olas, da la misma impresión que la gran muralla china si estuviera a ras de tierra.

Acabamos de pasar la frontera entre Yukon y Alaska, o, si se quiere, entre Canadá y Vespuccia. Y con el mismo paso, nos rejuvenecimos de dos horas - en Yukon eran las 11:25, y de repente, con cruzar una línea invisible, son las 9:25; el primer caso de un cambio de dos horas, de una zona horaria a la otra, que hayamos encontrado.

A comparar con el otro cambio de hora inhabitual que encontramos hasta ahora, aquel, en característica contraria, de solamente media hora, entre Nova Scotia y Newfoundland.

Estamos, pues, en la América Rusa, o, por lo menos, en lo que así se llamaba cuando estas tierras eran parte del imperio tsarista.

No es sin interés, empero, tomar consciencia de que estas tierras fronterizas - ahora tan insignificantes en política mundial, o en cualquier política - tuvieron, en su momento, una importancia global; no es sin interés saber que >>>>>>>>