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contacto hertziano por encima del Atlántico, aquellos históricos tres puntos del código Morse, por la letra S, tres puntos transmitidos no desde aquí sino desde Poldhue en Cornualles. Y ya desde ese mismo 1901, Marconi se había estado comunicando con barcos en el océano.)

Aquí fue que, por otra parte, en 1919, John Alcock y Arthur Brown acortaron la distancia entre América y Europa al lograr el primer vuelo transatlántico - y coronarlo con un aterrizaje, que ellos habían creído que iría a ser en terreno ideal llano y firme pero que fue en la esponja de uno de los muchos turbales de esta zona; después de cubrir los 3.000 kilómetros de Terranova a Eria en 16 horas 12 minutos.

El sitio de la primera estación telegráfica transatlántica es su propio monumento; quedan macizas fundaciones de hormigón, entre las cuales todavía se puede ver las bases para los mástiles desa parecidos; quedan todavía, ancladas en el hormigón, puntas de gruesas cadenas, probablemente parte del sistema de cables; y quedan dos gruesas, macizas, piezas de metal, de formas bien técnicas, cuyas funciones somos incapaces siquiera de aventurar. Incidentalmente, ese servicio de telegrafía inalámbrica por ondas hertzianas ya no estaba dirigido a Saint John's como el primer ensayo de la S en tres puntos desde Cornualles en 1901.

Qué insondable sentir resalta de contrastar, en imaginación, por una parte, aquella efervescencia de actividad, de visiones, en este sitio - cuando se calculaba, una última vez, y levantaba este templo a una nueva invención humana - y, por otra parte, la reconquistadora soledad, el silencio reconquistador, de hoy.

En cuanto al primer aterrizaje transatlántico, su sitio está marcado por un cairn, y el acontecimiento está recordado por un monumento; pero, no sin razón, ninguno de los dos, en el sitio mismo; el cairn, cautelosamente a unos 400 metros del turbal propio, y el estilizado monumento, más cautelosamente aún, a unos cuatro kilómetros del sitio, en una loma barrida ferozmente por vientos pero a salvo de las esponjas turbales.

De las esponjas turbales, aún hoy queda lo suficiente como para, por una parte, ser explotadas como combustible, que es actividad común en muchos turbales de la zona; y como para, por otra parte, atascar otro avión temerario, equivocado o desesperado; y - por otra parte más - para imponer reverente respeto a un visitante husmeador temerario, dándole, primero, la ilusión de suficiente solidez, aún cuando muy acuosa, para caminar encima, y entonces, sin el más mínimo preaviso, advertencia o indicio, tragándoselo hasta la cintura en una trampa de turba liquefiada condimentada de estiércol de ovejas. Es lo que le pasó a Karel mientras recorría el sitio, así que sabemos muy bien. Y le tomó dos horas a Božka para limpiar lo más grueso del desastre. Un lugareño nos comentó que algunas trampas se tragan sus víctimas literalmente hasta los hombros. Lo que nos hizo estremecer a posteriori porque Karel había andado solo, sin posibilidad, en tal caso, de salvarse a sí mismo ni de pedir socorro en la soledad.  ¡¡¡Brrr!!!



Embarrado, no, enturbado hasta ...
                                                 
                                                                                                            
Limpiándolo todo