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los últimos 500 metros, en nieve que nos llegaba hasta la rodilla, visitamos los restos excavados, pero dejados in situ, de tres ictiosaurios. No fue un camino exactamente descansado, y varias veces no supimos si podríamos alcanzar nuestra meta, pero la visita valió la pena.

¿Qué es un ictiosaurio? Una criatura acuática, pero no un pez; que respiraba como una ballena, pero no un mamífero; sin embargo, tampoco un ovíparo ya que su cría nacía ya desarrollada.

Entonces, nos preguntamos, ¿por qué los genios en la materia, que tendrían que ilustrarnos, y millones como nosotros, nos descarrían con la denominación icti si no es un pez, y con la denominación saurio si no es un reptil?

De todos modos, medía unos 21 metros de largo, el más grande animal de su época, era animal de presa, y perduró durante más de 100 millones de años, desde 185 millones de años atrás hasta 70 millones de años atrás. Se calcula estos fósiles en unos 160 millones de años de edad, o sea entre los más antiguos.

Restos de "ictiosaurios" se encontró en todos los continentes salvo, por ahora, la Antártida. En esta zona misma, se encontró 34 otros sitios con restos de los mismos animales, pero éste que vimos hoy es el vestigio más grande y completo que se conozca.

Aquí, casi todos los huesos están tan asimilados a su ambiente pétreo que, de no habernoslos mostrado nuestro guía, no los hubiéramos visto a pesar de su tamaño; pero, una vez vistos, no se podía no verlos.  También vimos la rareza sorprendente del embrión petrificado de esta criatura, encontrado en la parte reproductiva de uno de los esqueletos.



Los restos

Estos restos, que hoy descansan a 2.100 metros de altitud en esta aridez nevadeña, pertenecen a animales que nadaban en un tibio océano en este mismo lugar, mejor dicho en estas mismas latitud y longitud. El destino geológico quiso que, antes de pasar del nivel del mar a 2.100 metros de altitud, estos vestigios estuviesen, primero, enterrados durante millones de años bajo una capa de 900 metros de sedimentos. Es increíble todos esos millones de años y centenares de metros de sedimentos por dónde uno se dé vuelta. ¿Puede creerse eruditos que necesitan raíces griegas para descarriarnos con sabias necedades, de icti que no lo son y de saurios que no lo son?

Reciencito, salimos de un desvío, de unos once kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, por un camino que empezó mal y terminó peor, siempre cuesta arriba, volviéndose cada vez más flojo, y más y más cubierto de nieve, para ver unas quebraduras en la corteza terrestre causadas por un terremoto en 1954. Al contrario de nuestra aventura de esta mañana con el pez-lagarto - ni pez ni lagarto -, este desvío no valió la pena, salvo que ahora sabemos que no hubiéramos perdido nada de no ir, y salvo que, así, no nos quedamos con la duda con la cual nos hubiésemos quedado si no hubiésemos ido.