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todo, el aire volviéndose menos tupido de humedad, más livianito, más fresco; qué alivio para todos los sistemas del cuerpo.

1.500 metros de altitud.

Pueblo de La Grita. Vamos a pernoctar en un sitio todavía baldío, sin policía, sin puesto de gasolina; la gente de los Andes nos merece más confianza que en otras partes; así ya era en Colombia y Ecuador y el Perú.

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Esta mañana, subiendo.

2.500 metros, y subiendo.

Cultivos raros en laderas rocosas sumamente empinadas y, por colmo, con toda una red de cañerías para riego por aspersión. Increíble, esta cañería en semejante declive. ¿Qué será? Seguramente avena no es por tanto esfuerzo; y ya nos estamos imaginando algún cultivo muy, pero muy, lucrativo.



Cultivo con riego cerca de Porquarias

Nos detuvimos. Pasó un paisano. Preguntamos. Ajo, dijo. ¿Ajo? no lo pudimos creer. Mandó un peón a traer una cabeza. Ajo fue; pero debe de haber algún gato encerrado; no puede ser tanto esfuerzo para ajo. ¿Quizás un cultivo mezclado?

Seguimos subiendo.

2.800 metros, y subiendo. Más cultivos en laderas imposibles y con riego por aspersión. Esta vez, los vemos de muy cerca. Sin duda, son repollos, zanahorias, papas. Así que aquello debió de ser ajo y sólo ajo. ¡Qué esfuerzo para un poco de zanahorias, papas, repollos y ajo!

3.000 metros, y subiendo. Muchas curvas muy cerradas. Grandiosas vistas, tanto hacia abajo dentro de los profundos valles como hacia arriba, hacia las cimas. Pero, por alguna razón, estos Andes no nos dan la impresión de libertad y grandiosidad de los Andes más al sur. Probablemente porque todo está cercado por alambrados, e incluso, a veces, por altos cercos de tejido de alambre, que detonan como una barbaridad en lo que tendría que ser naturaleza libre.

Y bajando.

2.800 metros, y bajando. No, estos Andes no son los Andes que conocimos más al sur. Demasiada ocupación - casas, cultivos, alambrados, gentío, y ningún indígena paraborigen a la vista para romper la uniformidad cosmopolita.