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hacer el cambio de aceite sin mojar el coche - y la gente ocupándose de él, lo que hubiese incluido a Karel - por el lavado de al lado; y, en otra estación, las rampas de cambio de aceite se encontraban justito debajo de un árbol, de manera que nosotros no cabíamos ahí por las ramas.

Sí, porque por ahí no saben lo que es una fosa para cambiar aceite; tienen unas rampas - guías-de-ruedas por pares, medio elevadas, entre las cuales, con el vehículo ya encima, no se puede caminar sino doblado por la mitad; más práctico sería dejar el vehículo en el piso y acostarse debajo para hacer el cambio. Parece ser sólo un ensueño de cuentos de hadas el recuerdo que tenemos, de algunas otras partes - probablemente con muchos millones en moneda fuerte y muchos circuitos electrónicos - de fosas de engrase bastante profundas para poder caminar y trabajar cómodamente debajo de los vehículos, de fosas con sus paredes cubiertas de azulejos blancos, fosas con luces de neón laterales, con nichos para herramientas a alcance de la mano, y con limpieza.

De un mercado, y de otro, y de otro, Božka volvió con un cuadro más menesteroso que habitualmente: manteca, no; quesos, no; yogurt, no; huevos - que aquí, en Brasil, son muy buenos y que comemos regularmente acordándonos de los países donde eran muy malos - no; verdura, poca variedad; eso sí, ananáes, muchos ananases, baratísimos y suculentos; y para aquella gente que come carne, no; pollos, no; fiambres, no; pescado, no.

Pero de hambre, la gente no se muere porque rellenos hay. Arroz, hay; frijoles, hay; tubérculos, hay; conservas, hay; el plástico vegetal llamado margarina, hay; pan blanco, desvitalizado y de puro relleno, hay; del otro pan, de cereales enteros, naturalmente, no hay - apenas si lo hay, de vez en cuando, en las grandes ciudades para las pocas personas que cuidan de su propia salud.

Pero, sí, hay una persona en Teresina que salva el honor del lugar: un mecánico. Hacía varios días que andábamos sin bocina porque, por las sacudidas de la carretera, se había desprendido su terminal eléctrico, cosa muy fácil de re-enchufar por cierto, pero que, estábamos seguros en base a experiencia anterior, necesitaría un gran trabajo de sacar toda la parrilla del motor para alcanzar las bocinas. Este mecánico, con sólo un destornillador largo, y bastante ingenio y maña, lo arregló todo en quizás menos de un minuto, sin la aparentemente inevitable remoción de la parrilla.  Es muy agradable reconocer lo bueno cuando bueno hay.

Estamos recorriendo nuestros primeros centenares de kilómetros del estado de Maranhão, atravesando, desde hace bastante tiempo, bosques tan extensos como los de Canadá, salvo que, aquí, son palmeras, en vez de los pinos de allá; una selva de palmeras, a veces vista hasta el infinito cuando la topografía lo permite, así como, en Canadá, se veía hasta el infinito el mar de pinos.

Nos instalamos para la noche, con la Luna llena asomándose por entre las palmas.


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