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la cabeza. Ahora, se está tratando de eliminar dicho desastre y restaurar las escenas anteriores.

Todas estas esculturas, piedra o madera, tienen, cada una, sus méritos propios, su personalidad propia, e infinitamente más chispa que el estereotipo académico de las esculturas religiosas habituales; y, todas en conjunto, también tienen el interés del contraste entre las estatuas de piedra, más formales, dignas, y las estatuas de cedro, más pintorescas tanto por su expresividad más cotidiana como por haber sido policromadas.

El factor común de todas las estatuas es el gran arte del escultor, y el sello inequívoco que da a todas sus caras, en forma de proa, terminadas con una nariz prominente y aguda, más llamativa que todo lo demás de la cara.



¡Esa nariz! en esta Estación de la Cruz

Las estatuas de cedro mismas sufrieron varios asaltos de los reformadores de obras ajenas, quienes les impusieron sucesivas capas de pintura. Ahora, fueron restauradas a su primera capa de pintura, lo que tampoco es idea y obra del escultor, que las había dejado en madera natural.

Ahora, ¿quién era ese escultor? Conociéndolo, se agrega un dramático elemento humano al alto valor intrínseco de las esculturas. Otro ejemplo de la maravillosa fuerza del carácter humano en ciertas personas.

Era O Aleijadinho; El Lisiadito.

De nombre propio era Antônio Francisco Lisboa, 1738-1814, hijo de un arquitecto portugués y de una esclava. En mala suerte, contrajo lepra, que le obligó a esculpir arrodillado, y eventualmente acostado, con el martillo y el cincel atados a sus muñecas. Fue uno de los mejores escultores no ya de América Latina sino de toda la Tierra de aquella época.

Cuidado: hay un Aleijadinho de Goiás, que es otro escultor.

A este Aleijadinho de Congonhas, no le gustaba los números 7 y 13. Por ello, se arreglaba para que sus grupos nunca tuviesen estatuas en estas cantidades. Así es, por ejemplo, que, en el grupo de la Ultima Cena, de repente aparecieron dos servidores, para pasar del número 13 al más aceptable número 15.

Muy interesante, este Congonhas do Campo.

Estamos viajando hacia nuestra segunda meta en la zona de Belo Horizonte, la ciudad de Ouro Preto.

No podemos olvidar que estamos en el estado de Minas Gerais, por las frecuentes minas al aire libre.

Pueblo por donde pasamos, tenemos que amargarnos por el salvajismo de los rompemuelles cada 100 ó 150 metros.  Qué desgaste de los frenos, del disco de >>>>>>>>