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Hasta topónimo tan famoso como Machu Picchu no es Machu Picchu sino Machu Pijrchu.

Y si bien todavía no nos acostumbramos a la novedad, creemos haber bien comprendido que Cusco no es Cusco sino Jrosjo.

Y vimos que alguien trató, o quizás aun trata, de solucionar el problema de la incompatibilidad entre sonido inhabitual y letras disponibles, escribiendo Qhapaq en vez de Capac; pero no vimos la generalización de utilización de esta idea; idea que nos parece buena - hasta indispensable en contextos no-castellanos, en los cuales nuestra grafía, Jrápajr, efectivamente, no tendría significado. Quizás se podría escribir, en contexto castellano, Machu Pijrchu, y en contextos no-castellanos, Machu Piqhchu.

Y seguramente lo dicho debe de ser solamente la punta de todo un témpano de estudio de lingüística. ¿No tendría que ser, por ejemplo, el injra, o inqha, en vez de inca? ¿De dónde viene realmente la denominación Ingapirca que encontramos en Ecuador, en vez de Incapirca? ¿Qué parentesco lingüístico hay en todo eso?

Pero, no. Problema sin solución. ¿Para qué encarrilar un no-castellano sólo en el sonido qh si, luego, pronunciará la sílaba "chu" a su sorprendente manera? Mejor refundir todo a la manera de cada idioma. En los que conocemos: en francés, Matchou Piqhtchou; en checo, Maču Pichču; en inglés, tal vez - porque nunca se sabe - Mahtchoo Pihqhtchoo o, a elegir, Mahtchew Pihqhtchew.

  Fuimos a la iglesia de San Blas.  Llegar allí fue una pequeña aventura de por sí, fuera del centro de la ciudad; por callejuelas con una calzada no más ancha que el ancho de nuestro vehículo, y algunas veredas tan angostas que los peatones tienen que dejar de caminar y aplastarse contra la pared para dejar pasar un vehículo; con la consecuencia de que, en un par de esquinas, no pudimos doblar sino después de dos o tres sabias maniobras de vaivén.



Desde la callejuela que lleva a la iglesia de San Blas

  Fuimos por la fama de su púlpito de cedro; y sí, vimos una obra extra-ordinaria. No se puede decir que es una obra maestra, porque es en verdad un conglomerado de una docena o dos de obras maestras, cada panel, cada columna, cada figura, una pequeña joya, todas puestas juntas en la forma de este púlpito; magnífico. Pero hay sangre en este púlpito; hay la sombra de otro horror a manos de los vándalos españoles, o más precisamente, se podría suponer, de los frailes, en este caso.

  El escultor - que trabajó 25 años de su vida en este hermoso púlpito - pagó su arte, su maestría, y su dedicación, con su vida. Cuando terminó su obra, lo mataron para guardar su maestría en exclusividad. ¿De qué le sirve que ahora esté sepultado debajo del púlpito, y de qué le sirve que ahora su calavera se encuentre en la cúspide de su propia obra, donde nosotros mismos la pudimos ver?  Su nombre era Juan Tomás Tuyrutupá.