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Ayer, finalmente, sí fuimos a Cuélap. Pero recién hoy vamos a grabar el relato porque muertos no hablan, y ayer, cuando regresamos, estábamos muertos, o por lo menos éramos dos almas tratando de sobrevivir sin el uso de sus cuerpos.

Por dónde empezar es difícil; habría que poder narrar dos historias al mismo tiempo. Quizás, primero el literal palíndromo, de ida y vuelta, y luego lo visto.

/\ En cuanto al palíndromo, habiendo resultado otra vez víctimas de una increíble irresponsabilidad, tanto en informaciones como en cumplimiento, ahora, cuando ya todo pasó, podemos comparar con toda incredulidad las diferencias entre la teoría y la práctica de un horario.

Sabíamos que convenía salir con los primerísimos albores, por dos razones: una, que, al aparecer el Sol, sus rayos dan perpendicularmente contra la ladera que hay que escalar, transformándola en un horno de convexión; y la otra, que, por el patrón climatológico local, es casi seguro que después del mediodía llueva; razones éstas por qué apalabramos al guía para las 5:30 de la madrugada.

La teoría del horario era salir a las 5:30, subir durante las tres horas que se dice que tarda la subida, llegar pues a las 8:30, antes de que apriete el Sol, visitar las ruinas hasta las 10 ó 10:30, y regresar en dos horas y media, según la información recibida, o sea alrededor de las 13 - para quizás emprender viaje, alrededor de las 14, a Cajamarca.

Ahora, ¿qué pasó en la práctica? El guía apareció a las 7 en vez de las 5:30; luego, la subida fue, efectivamente, de tres horas - pero no hasta las ruinas sino solamente hasta donde podían llegar los caballos cargando jinete; nos esperaba, luego, la dura realidad de tener que seguir a pie 45 minutos más - y dura la realidad fue.

La subida a caballo misma fue algo de lo cual nadie nos había dicho ni media palabra de advertencia, fue una subida ni siquiera por camino de herradura sino por senda de cabra, y tal vez ni siquiera esto. Basta con decir, que los caballos se detenían a cada rato, respirando como locomotoras; que, a veces, tenían que vencer desniveles tales que, primero, tenían que subir sus dos patas delanteras y afianzarlas, antes de seguir con las patas traseras; que, para nosotros en el lomo de las bestias, fue una sesión de desarticulación de nuestros cuerpos. Y basta con agregar que hubo un momento de aguda angustia, cuando el caballo de Božka tambaleó un paso o dos hacia un vacío sin remedio y sin retorno; y agregar que, para Karel, el viaje a caballo, en realidad, terminó un poquitín antes de la terminal equina, cuando su caballo resbaló y Karel se fue al suelo, con una elegancia bastante sorprendente dentro de todo; por lo que tuvo que agregar este trecho imprevisto a pie a los 45 minutos siguientes.


¡Nada glorioso!