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Hay cada vivo en este mundo; así que, pagarle a él para que él se excave objetos que luego él se beneficiaría vendiendo, a nosotros o a otros. Qué vivo; así se lo dijimos.

Entonces, por lo menos, nos quiso vender una figura femenina puro Valdivia. Es curioso cómo tuvimos tan pronto la oportunidad de poner en práctica lo poco que pudimos aprender, esta mañana, con el guaquero resfriado; encontramos no una sino por lo menos tres razones para creer que era una falsificación; así lo dijimos al hombre; él no insistió.

Incidentalmente, estas figuritas femeninas de la cultura valdivia tienen un peinado muy típico e inconfundible enmarcando la cara en forma de U invertida y a la vez cayendo en una abundante melena dividida en dos mitades sobre la espalda casi hasta la altura de la cintura; la parte de delante de dicho peinado se parece como una hermana al clásico peinado mikado japonés, y la parte de atrás tiene un porte y una elegancia que se podrían calificar de egipcios.  Muy curioso, muy curioso.

Durante el día, también vimos una extraordinaria cabeza de hombre - no de esta cultura valdivia sino de la cultura manteña, un poco al norte de acá, del siglo II a.C.; extraordinaria por sus rasgos asombrosamente chinos puros, un Chino jovial muy expresivo. Por natural asociación de ideas, se nos presentaron en la memoria las estatuas tan inamericanas del Museo del Hombre Panameño y las esculturas tan asiáticas de Copán; estamos enfrentando, como realidad palpable, lo que, hasta hace poco, era para nosotros sólo una opinión de terceros - a saber que América tuvo contactos intercontinentales con gentes civilizadas cuando Europa era solamente una península de barbarie.



La cabeza

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Esta mañana, otra vez la luz ambiente apareció sin que se pudiera decir desde qué dirección, y de qué fuente.

Una última vez, fuimos a la playa; porque, de lejos, habíamos visto gran actividad. Actividad había mucha y muy ineficiente: se cargaba camiones con grandes cantidades de pescado de barcos pesqueros de alta mar - pero, por falta de un muelle, los barcos tenían que quedarse a varios centenares de metros de la costa, había que descargar el pescado en pequeños botes que, a su vez, lo traían a la orilla, y de los cuales, en las condiciones precarias que siempre imperan al borde del olaje, nubes de hombres, a su vez, cargaban el pescado en cajones de madera para llevar éstos, al hombro, hasta los camiones; más de una vez, las olas anegaban alguno de los botes y el pescado empezaba a flotar nuevamente. Seguramente, los hombres cobraban por cajón llevado porque corrían ida y vuelta entre los camiones y los botes casi sin darse el tiempo de respirar.