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\BG/  Hoy,  fuimos  a  nuestra  cita  con el  Director del  Museo de  Ciencias
     Naturales de la Universidad Nacional para fotografiar los fósiles. Siguiendo la recomendación del curador del museo de Leiva, fuimos en taxi; dejando nuestro vehículo en la seguridad de la fortaleza - perdón, de la Ciudadela Comercial; y más seguro, en este parqueadero super-vigilado en esta ciudad famosa por su delincuencia que en un estacionamiento abierto en una ciudad más común.

Para nuestra sorpresa, nos dijo el director que tenía solamente réplicas, que los originales están en ... Leiva. Para su sorpresa, le dijimos que el museo de Leiva tiene solamente réplicas y que el curador de Leiva creía que los originales están aquí, en este museo. Gran confusión. Cada museo creía que el otro tenía los originales; y ahora, a raíz de nuestro interés en los fósiles, se descubrió que tanto los ejemplares de Leiva como los de Bogotá son copias y que no se sabe ahora dónde están los invaluables originales. Tormenta interna de la fraternidad paleontológica de Colombia.  Y ahora ¿qué?

El director de este Museo de Ciencias Naturales sugirió, como última e única esperanza, que quizás el descubridor de los dichosos fósiles, ex-profesor de la universidad, ahora jubilado, sabría algo - pero dicho paleontólogo no vive en Bogotá y no hay manera de comunicarse con él hasta que él venga a Bogotá. A más de ser paleontólogo y ex-profesor, el descubridor es también padre religioso y vive en una comunidad de retiro.  Así que, por ahora, nada.

En la ciudad universitaria, encontramos un ambiente perfectamente deprimente - con edificios, de diseño pobre, de material pobre, de terminación pobre, cubiertos de lemas políticos en vez de detalles arquitectónicos - donde ciertamente debe de ser deprimente estudiar; por lo menos a nosotros nos resultaría muy deprimente.

También hoy - utilizando nuestro sexto sentido y un análisis de las inflexiones de las voces de tres recomendantes - elegimos uno entre tres dentistas recomendados. Fuimos; y nos encontramos con la ineludible realidad: Karel necesita un trabajo grande, un trabajo que, aun apurándolo con debida consideración de nuestra condición de viajeros, va a tomar entre diez y quince días - sin contar el gasto, naturalmente.  Estamos clavados pues en Bogotá.

Hubiese sido más agradable que fuese por otra causa; pero no nos podemos quejar demasiado: si bien no se consigue agua potable - y el agua de la canilla hay que hervirla, y parece tener más cloro que agua - si bien no hay, en todo Bogotá, una sola lavandería de autoservicio para lavar nuestra ropa que ya está en una condición de emergencia, por lo menos, el clima resulta bastante agradable, templado hacia el lado fresco - y llueve a diario, por lo menos una o dos veces, lo que no deja de molestar en el momento pero lo que parece asegurar una gran limpieza del aire: en las laderas de los cerros se puede apreciar la limpieza por la claridad con la cual se ve los detalles.



Bogotá y las laderas