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sea, entre otras cosas, totalmente decorados con plumas multicolores; altares, por otra parte, también perfectamente cristianos, con un santo cristiano por altar.

|±|  La mitad del piso delante de estos altares emplumados estaba ocupada por varios islotes de velas encendidas, cada islote de velas sirviendo de centro de oración, para no decir de altar, a un indígena o una familia indígena, prendiendo las velas, orando - en su idioma, se entiende - esparciendo pétalos de flores entre las velas, hasta rociando los intervalos entre las velas con una bebida alcohólica porque, como nos dijo uno de los paraborígenes, "a El también le gusta".

|±|  Al quedar un islote de velas libre, por haberse retirado el individuo o la familia, y con las velas ya casi quemadas, al rato venía otra familia u otro individuo para arrodillarse, agregar más velas, más pétalos, más bebida, y elevar más plegarias, quién sabe a qué Dios o qué dios.

|±|  Mientras tanto, en la escalinata y en la explanada en frente de la iglesia, vimos otros paraborígenes celebrando, cada uno, sus propios ritos al aire libre sin preocuparse del mundo alrededor de ellos, hablando en su idioma en voz alta, quemando incienso, ya sea en un fogón fijo o en una lata que podía haber sido de pintura u otra cosa.

Y todos, tanto aquellos dentro de la iglesia como fuera, con mucha intensidad, mucha devoción.

Pero, en un momento dado, todas estas actividades familiares e individuales se esfumaron en la nada: iba a celebrarse - y nosotros tuvimos la suerte de presenciar - un ritual formal de la cofradía de los Mayas Quichés.

Entró a la iglesia una muchedumbre de paraborígenes - hombres, mujeres, niños, tres o cuatro oficiantes en una indumentaria muy especial, un músico tocador de pícolo de madera, un tocador de bombo chico y un bailador con, debajo de uno de sus brazos, un caballo de madera con cascabeles.

♦ Mientras la congregación se sentó en el suelo, especialmente las mujeres, o se quedó parada, especialmente los hombres, mientras los dos músicos tocaban sin interrupción un moto perpetuo ad infinitum, mientras el danzante seguía sus pasos haciendo sonar los cascabeles de su caballo de madera hasta no dar más (cuando pasaba su turno a otro danzante), los oficiantes iban de un altar emplumado a otro, ocupándose de los santos como quien se ocupa de un niño que todavía no puede ocuparse de sí mismo.

Terminada la ceremonia, toda la muchedumbre salió de la iglesia, se desparramó en el mercado; y otra vez, en el interior y en la explanada y escalinata de la iglesia, empezaron los rituales-con-islotes-de-velas-y-quemadores-de-incienso individuales.


Famoso Chichicastenango